Juan era un muchacho que se había ido de soldado desde muy chico, pero un día decidió irse a correr mundo, pidiéndole a su general que le diera licencia para dejar el ejército.

Había una vez un padre que tenía dos hijos, el mayor de los dos era listo y prudente, y podía hacer cualquier cosa.

La princesa tenía un jazmín que vivía con su mismo aliento. Se lo había regalado la luna.

La primavera había llegado, el jardín se empezaba a llenar de flores. Todas las tardes la niña esparcía migas de pan viejo para los pajaritos que estaban hambrientos, cerca de la fuente, al lado del columpio y entre las cañas.

El cachorro Old salió por la puerta y atravesó el patio con paso recto y perezoso.

Había una vez, cerca de las costas de Reino Unido, una casa, muy, pero muy antigua donde vivían dos niños, Juan y María. Era día de limpieza, y tocaba ordenar el sótano. Antes de hacerlo María dijo: -¡No terminaremos nunca!. Este sótano es muy antiguo y no se sabe lo que podrías encontrar aquí. Juan [...]

Hace mucho, mucho tiempo, no había invierno con sus fríos y hielos, y los hombre y las bestias vivían en paz y felicidad.

Érase una vez una viuda que tenía dos hijas. La mayor asemejaba a la madre en todo, tanto físicamente como en el carácter, quien veía a la madre veía a la hija.

Una tarde invernal, hacia las cinco, cuando empezaba a oscurecer, pudo verse a un hombre en un calesín que azuzaba a su fatigado caballo por el camino que cruza Marlborough Downs en dirección Bristol.

Galleta llegó a sus vidas una tarde de verano. Luciano y Micaela, estaban jugando en la plaza. Bueno, en realidad, no estaban jugando, sino caminando bajo la sombra de los árboles porque hacía más calor que no se qué.